Pensar fuera de la caja: reescribiendo la ecuación de valor en la industria

Plántulas germinadas creciendo en tierra negra con raíces blancas visibles y gotitas de humedad, macrofotografía de estructura radicular del suelo.

El escenario actual para la industria, en particular la nuestra, no admite lecturas simples. Nos movemos en un terreno complejo, marcado por una volatilidad geopolítica que encarece los insumos tradicionales y una presión constante por sostener las utilidades sin asfixiar la competitividad. Históricamente, la sostenibilidad se gestionó como un centro de costos o un vector de cumplimiento regulatorio: una tasa a pagar para asegurar la "antigua" licencia social para operar. Sin embargo, la urgencia climática y las exigencias de eficiencia nos obligan a pensar "fuera de la caja". El verdadero desafío no es mitigar el impacto, sino rediseñar la relación entre los procesos industriales y la naturaleza bajo un esquema de beneficio mutuo.

La clave de este cambio de paradigma radica en transformar la concepción de lo que descartamos. Lo que convencionalmente llamamos "residuo" es, en realidad, un préstamo temporal de la naturaleza (ya que ella nada hace para desechar); una materia prima que espera ser reintegrada a un ciclo biológico mediante la innovación. En nuestro sector, subproductos no peligrosos, que habitualmente saturan los vertederos generando un pasivo ambiental, poseen propiedades físico-químicas de alto valor.

La evidencia de mis estudios me ha demostrado que estos materiales, aplicados bajo metodologías rigurosas de dosificación y análisis, son capaces de mejorar sustancialmente ciertas capacidades, neutralizar y restituir materia orgánica, entre otros aspectos de lo que llamo "simbiosis industrial". Es la tecnología puesta al servicio: el descarte de una actividad se convierte en el motor regenerativo de otra.

Este enfoque no es filantropía; es estrategia de negocio pura en tiempos de crisis. Integrar la valorización de residuos con, por ejemplo, la biotecnología aplicada, permite configurar soluciones que responden a una doble exigencia: elevar la productividad de ciertos elementos y, al mismo tiempo, por ejemplo, blindar los cultivos ante el estrés hídrico y las plagas. Así, la gran industria no solo resuelve un problema logístico y cumple metas ambientales ineludibles, sino que fomenta una cadena de valor resiliente donde la producción de alimentos está asegurada si es que lo estudiamos y queremos trabajar en equipo.

Operar bajo una lógica circular implica entender que las empresas exitosas del futuro serán aquellas que no tengan fecha de caducidad gracias a su capacidad de regenerar el entorno que las sostiene. El ganar-ganar ya no es una consigna aspiracional; es una condición de supervivencia económica y ambiental en la que nuestra industria tiene todo el potencial para liderar.

Boris Valdés — CEO, So Green

Publicado originalmente en revista Celulosa y Papel, edición 2026-2.

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